
Camino de Compostera
La andadura por el Camino desde Santiago a Zaragoza con una compostera es una experiencia inigualable que revela uno de sus principales artífices, Alberto Monreal, de @caminodecompostera
Por fin, acogidas por el Obradoiro, Ainara y yo nos abrazamos. A pesar de que la comunicación no había cesado un minuto, no nos habíamos visto físicamente en varias semanas, desde el día en el que dejamos el carrito terminado en casa. Aunque eso de “terminado” era pura retórica. Desde que adquiriéramos la estructura básica en el café-taller de La Ciclería, sabíamos que el carro no estaría nunca finalizado, que cada reto que encontrara hasta el final del Camino (y más allá) significaría una modificación en su estructura y composición. No nos faltaba razón: hoy día, el carro sigue mutando. Y el viaje que había tenido lugar aquel veintitrés de junio lo había dejado bien claro.
Había salido de mi casa en Zaragoza bien temprano por la mañana, el carro anclado a mi cintura vía arnés, para dar comienzo a la andanza. Víctor, que nos acompañaría también en mitad de la ruta acogiéndonos en su casa y no faltaría tampoco en el evento final, caminó a mi lado como el superhéroe que es hasta la Estación Delicias. El motivo de ir dos horas antes fue anticiparnos a los hechos: el carro no cabía en el tren Avlo que me llevaría a Madrid. Un equipo de disposición inmejorable formado por las recepcionistas de Renfe y el supervisor del tren que entonces se aproximaba desde Barcelona concluyó que sería materialmente inviable cargar aquello en el vagón, a no ser que lo llevara “plegado todo plano”. Ajá. Para eso tenía yo prevenido a mi equipo de salvamento urgente. Hakim y Violeta se acercaron también, haciendo acopio de llaves inglesas junto a los colegas de mantenimiento. Aunque parecía imposible, conseguimos descuajeringar el carro entero a tiempo para subirme al tren, y empaquetarlo con sábanas y cuerdas… pero hubo que sacrificar la estructura de aluminio de la caja, que estaba remachada, no se podía plegar y habría de quedarse en tierra.
Ya en Madrid, el transbordo de Atocha a Chamartín fue, aunque algo engorroso, lo de menos (he cargado más cosas, de peor maniobrabilidad y en trayectos más largos, por esa red de metro). En Chamartín tuve que abandonar, deseando que nunca se convirtiera en basura, la pequeña bombona del camping gas, por ser un potencial explosivo. Y andaba yo pensando cómo me las maravillaría para volver a montar el carro al llegar a Santiago, cuando apareció en la cola del tren nada menos que Chabi, de La Ciclería, que junto a su tocayo y socio apañaría estupendamente el remontaje de nuestro bebé en la estación de llegada. Esta serendipia fue el primer gran “milagrillo” de nuestra providencial ruta. Tras la sesión de reparación, al carro daba gloria verlo a pesar de que la caja, perdida la metálica original, venía a ser un cartón reciclado del Corte Inglés.
El viaje de Ainara no había supuesto tal epopeya; se había limitado a un sencillo vuelo enlazado con un viaje en bus. Mejor: a partir de entonces, la aventura estaría servida diariamente para el siguiente mes y medio.
En aquel abrazo, presenciado por el carrito y por nuestras amigas gallegas Marian y Jenny, daba comienzo el Camino de Compostera: la ruta a pie de regreso a casa de más de 1000km acumulando mis propios residuos mientras Ainara documentaba todo con su teléfono y sus micros de influencer.
Marian nos entregó el que sería nuestro primer contenedor: un bello cubo de metal que intercambiaríamos por el siguiente y definitivo unos días después. Apareció la maravillosa Isolda y atardecer en cielo nos guio en busca de una hoguera de San Juan que terminara de dar pistoletazo inaugural al peregrinaje. Consideramos que la más óptima para el proyecto era la que había organizado en una replaceta del casco viejo el CSOA Escarnio e Maldizer, por ser un centro autogestionado y tener además un enfoque artístico: no tardé en salirme por jotas y coplillas en el micro abierto, como tampoco faltaron la patata asada, la videollamada de apertura con mi compi Derya para la comunidad internacional, ni los saltos sobre el fuego repletos de deseos. Con mucha ilusión, aparecieron los primeros restos que echar al cubo: el pelarzo de la papa y su papel de aluminio.
Quemado el ritual, ahora sí, tocó marchar pronto a casa de Marian y su pareja porque a la mañana siguiente tocaba emprender la Etapa 1 de nuestro Camino inverso.
Este viaje de ida al amparo del Solsticio solo fue el preámbulo del mayor viaje de vuelta de nuestras vidas, en el que no iban a faltar cantidades ingentes de desafíos, reparaciones, milagrillos, encuentros humanos, paraísos autogestionados y, quizá el menos cuantioso de todos estos elementos imprescindibles, basura.
